
Una vez por semana asistían a los ateneos de casos
clínicos observados en el hospital, presentación a cargo
de los alumnos y crítica por el profesor y discusión
general. Era obligación establecida por el Cirujano Mayor
de la Armada que los cirujanos subalternos remitiesen un
informe, incluyendo si así fuere la autopsia, de aquellos
casos clínicos curiosos o meramente ilustrativos que
hubieren asistido. Así se conocieron enfermedades
exóticas observadas en los viajes de la Real Armada. Se
conservan unas 300 “observaciones” (historias clínicas)
provenientes de muchas partes del orbe donde viajó o
asistió un cirujano de la Armada. También se les encargó
adquirir libros para la biblioteca del Colegio, láminas
anatómicas e instrumentos y máquinas de física.
Dotar al Colegio de insumos para la enseñanza fue un
desvelo de Virgili, que contó con la aprobación del Rey
autorizando su adquisición a costo de la Real Hacienda.
Pidió en marzo de 1749 “Todas las obras que han salido
hasta hoy de la Real Academia de Ciencias de París . . .
todas las obras de la Real Academia de Londres . . .los
Diccionarios de Moreri, los Críticos de Boyle y todas las
obras de Anatomía de Ruyschio, de Blanchard, de
Albino, de Couper [Cooper], de Morgagni y de Eustachio,
todos encuadernados en pasta”. Se sabe además que a
propuesta de Virgili, los cirujanos de la Armada y los
colegiales cedieron el 1% de sus haberes para el fondo
de biblioteca; y los cirujanos embarcados en la “carrera
de Indias”, 25 pesos por viaje. Algo así como el
zarandeado “Fondo de Solidaridad” de los egresados
universitarios uruguayos. La Biblioteca del Colegio tuvo
su bibliotecario con conocimiento de lenguas (latín y
francés) con seis horas diarias de labor para el préstamo
de los libros y cuidado que no salieran del recinto. El
primer bibliotecario fue Francisco Canivell y Vila (1721-
1797) que dominaba aquellas lenguas.
La biblioteca contó con varios miles de obras, y sólo las
de tema humanístico, relevadas años después por los
investigadores, sumaron 544 títulos en 1183 volúmenes.
Muchos más seguramente formarían la colección
médico quirúrgica. El Colegio editó a la vez unos 119
títulos conocidos, traducidos de otras obras de medicina,
cirugía y de los cuales unos 20 de ciencias auxiliares
(geometría, física experimental, química) que sirvieron a
la enseñanza por no haberlos disponibles en la
biblioteca. Por el Colegio se imprimieron varias obras,
algunas escritas por sus profesores como la
“Farmacopea de la Armada” (1759) del Protomédico y
profesor del Colegio Leandro de Vega (c1730-c1765),
que tuvo varias ediciones una de las cuales se encuentra
en la biblioteca de nuestra Facultad de Medicina; el
“Tratado de Vendajes y Apósitos” (1763) del bibliotecario
Francisco Canivell; el “Tratado de las Enfermedades de
la Gente de Mar” (1805) del Catedrático Pedro María
González, médico que había sido de la expedición
Malaspina; el “Tratado sobre la Fiebre Amarilla”, de Juan
de Aréjula; el “Compendio del Arte de Partear.
Compuesto para los Reales Colegios de Cádiz y
Barcelona” (Barcelona, 1765) de Juan de Navas.
Algunos colegiales fueron pensionados por la corona al
extranjero en tren de perfeccionamiento (como las becas
que usufructuaron nuestros primeros médicos acadé-
micos). Ya en 1751 hubo intercambio con Colegios de
Leyden y París. Se ha afirmado no sin razón, que el Real
Colegio de Cirugía de Cádiz fue el paradigma de la
Ilustración en España. Por eso Juan Gutiérrez Moreno
fue “un médico de la Ilustración española en Monte-
video”.
Cuando finalizaban sus estudios, los alumnos salían con
tres tipos categorías de acuerdo a la evaluación del
Director: cirujano primero, cirujano segundo o cirujano.
No obstante, una Real Cédula de abril de 1758 concedió
al Colegio la facultad de otorgar “grados de bachiller en
Filosofía”, un grado previo, como requisito indispensable
para obtener el título de cirujano. Recordemos que por
“filosofía” se entendía la idoneidad en medicina.
Aquel grado – bachiller o licenciado – fue como
veremos el que obtuvo Juan Gutiérrez Moreno y no
el de cirujano latino ni doctor, aunque fue
“habilitado” para desempeñarse como tal. Lo que
explica su designación, como veremos, para acompañar
nada menos que al Virrey del Río de la Plata en su viaje a
nuestras costas.
La vida del Colegio ha recibido la atención en la literatura
de ficción, bajo forma de una novela que pinta la
Andalucía del reinado de Carlos III, y como Gutiérrez
Moreno, a través de las “Memorias” de un médico de la
Armada en el siglo XVIII, con diploma de Bachiller en
Filosofía del Colegio Mayor de Granada y su
Universidad, para luego ingresar al Real Colegio de
Cirugía de Cádiz (4).
Publicación de la DNSFFAA
74