
Salud Mil 2019; 38(1):79-93 87
El humor en medicina. Parte 2. “Lírica y teatro”
de la Semana Galénica. El club se había fundado
el año anterior en una casona de la Ciudad Vieja
con su primer presidente, profesor Horacio García
Lagos y una fuerte impronta social. La Comisión
estudiantil, integrada por los futuros médicos (se irían
graduando entre 1916 y 1919) Manuel Landeira,
Bartolomé Vignale, H. Etchegorre, Haroldo Mezzera,
Angel Colombo, Arturo Álvarez Mouliá y Pedro J.
Homaeche resolvió que la mejor forma de festejar la
semana era una opereta (12).
La opereta fue representada el 22 de setiembre de
1913 en el Teatro Royal (el Royal Theatre del pro-
grama impreso) con entrada por Bartolomé Mitre
casi Reconquista. Compartía edicio con el Pigall
(el Royal Pigall), local en la esquina, de atracción
nocturna, estilo cabaret (gura 9). El Royal era en
cambio un teatrito de variedades, donde supo re-
unirse la Convención del partido colorado de José
Batlle y Ordóñez. Años después funcionó allí el pe-
queño cine pornográco Hindú al cual los estudian-
tes de la época retornaron... con otros nes.
¿Y el bedel Pedro Demaestri dónde aparece en la
opereta?. Está en todas las escenas cumpliendo
con una sádica obligación: aplicando faltas a dies-
tra y siniestra. Merecía pues un escarmiento: el
martirio. Es maniatado, juzgado y condenado por
sus víctimas, pero escapa del ajusticiamiento por
la aparición del decano Manuel Quintela (Treinta y
Tres, 1865 - Montevideo, 1928), quien explica así
la actitud de su bedel general: “Un instante, / Que
se perdone al bedel / Pues bien mirado no es él / El
culpable más agrante. / Lo obliga la Facultad / Y
lo hace por el vintén.”
La obra estudiantil carece de una línea argumental
homogénea. En sus tres escenas introduce aspec-
tos diferentes en la vida curricular de los estudiantes
de medicina. Aprovechan para burlarse de todo lo
que está a su alcance, el hospital, los profesores, los
enfermos, el bedel general.
Los médicos satirizados son todos los profesores de
la época: Manuel Quintela, el decano (por su barbita
en forma de pera); Américo Ricaldoni (por sus lentes);
Alfredo Navarro (por sus bigotes parejitos); Arturo
Lussich (por su dicción con la letra “zeta”); Isabelino
Bosch (por su sobretodo); José Brito Foresti (por su
ación a la música de cámara); José Infantozzi (por
su actividad política); Enrique Pouey (por ejecutar el
violoncello). Varios de esos profesores interpretaban
música instrumental: Brito Foresti el armonio; Héctor
Rosello el violín; Elías Regules la guitarra; Lussich...
toca el pito de los vapores de su hermano (Antonio,
empresario de salvatajes marítimos, autor además
del poema Los tres gauchos orientales); Infantozzi
tocaba... a las parteras.
Una mención especial se hizo al profesor Alfredo
Navarro (Montevideo, 1868-1951), a quien piden
en el corredor del hospital que les vuelva a explicar
el rol de los ligamentos en la luxación posterior de
la cadera. Navarro se explaya sobre el ligamento
de Bertin [ligamento iliofemoral en Y]: “... y ahora,
no hay más que empujar... la cabeza entra. En
la mujer es más sencillo. Aoja más fácilmente”.
Poco cuesta entender el doble sentido que anida
en la frase.
No faltan otros personajes hospitalarios. Así, el
enfermero, cerrado gallego con su particular dic-
ción; y la madama obesa, retacona y fea, no así la
aprendiz de partera jovencita y enamorada de uno
de los practicantes de la amante Asistencia Públi-
ca Nacional. Todavía hacen aparecer al doctor de
afuera, de la campaña, vestido de jacquet, botines
abrochados y sombrero de paja, ridiculizado en su
risible indumentaria, que “baja” a la capital decidido
a instalarse, apuntándose en varias sociedades de
asistencia de la época (la “Montevideo”, la “Huma-
nitaria”, la “Italiana”), Y apunta en una libreta los
enfermos que debe visitar en su domicilio: “ -A éste
un pulso [antiguo método diagnóstico] / -A éste le
mandaré el cochero, a ver cómo anda / -A éste
otro, un pulso y una auscultadita ligera”.
Habrá quienes recuerden los catres del hospital; la-
mentable recurso por la superpoblación hospitala-
ria de los hospitales públicos. También a esta prác-
tica le cayó la crítica mordaz. Y al infaltable cuarto
de practicantes, refugio de muchos estudiantes de
escasos recursos económicos que fungía como