
Dos enfermedades psiquiátricas en la
Narrativa de Horacio Quiroga
blanca, frecuentando todos los boliches, “bebiendo
como no se había visto beber a nadie”, lo cual ya era
mucho decir por esos lugares. Otro de esos
excéntricos tipos humanos que vivían en el pueblo,
apodado “el manco”, inventor, lector de
“L’Encyclopedie” (los únicos dos tomos que poseía),
quiso extraer alcohol de la fermentación y posterior
destilado de naranjas. Y para concretar el proceso
seudoindustrial recurrió al asesoramiento de un tercer
personaje, un químico desterrado en Yviraromí (“el
químico Rivet”, también alcoholista) e intentó la
cooperación por sus conocimientos biológicos,
sobre todo en fermentaciones, del “Dr.Else” a
quien:
“-La caña lo perdió -respondía con seriedad el manco
sacudiendo la cabeza-. Pero sabe mucho ...”
El ”Dr.Else” no fue de ninguna utilidad pues su
permanente borrachera le impedía cualquier
coordinación intelectual. Se escudaba siempre en un
manido “-¡ Yo no entiendo nada de estas cosas!,
manteniéndose a distancia con una sonrisa
bobalicona que llenaba su enrojecida, vultuosa cara.
Pero cuando el aroma del zumo primero fermentado y
luego destilado llegó a sus narinas, y sus filetes
olfatorios condujeron a los centros respectivos el
inconfundible vaho etílico, se arrimó mas al galpón
destartalado donde se procesaban las naranjas e hizo
cama junto al fuego de la caldera de vapor,
subsistiendo a base de mate . . . y naranjas asadas !!.
Cuando después de largo proceso se extrajo algo de
alcohol de naranjas, “el manco” llenó varios frasquitos
para enviar a Buenos Aires como muestra y los apiló
en un estante; pues bien, se vaciaron; fueron
repuestos, y volvieron a vaciarse una y otra vez.
“¡ Pero se lo toma todo ! -nos confiaba de noche en el
bar-. ¡Qué hombre! ¡No me deja una sola muestra!
El “Dr. Else” quedaba “... rojo, lacrimoso y
resplandeciente de euforia”.
Una tarde llegó una joven mujer al pueblo. Flaquita
ella, esmirriada, maestra de primeras letras que
resultó ser la hija del “Dr. Else”, cuyo menguado
sueldo iba a parar al buche sediento de éste. La visita
se repetía dos a tres veces por año. Durante los días
en que permanecía con su padre, el “Dr. Else”
aparecía sobrio y luciendo su ropa remendada. Pero
volvía a la intoxicación alcohólica a poco de alejarse
la hija. Hasta aquí la narración quiroguiana ha tomado
el camino de lo picareso, pero no tardará en
desarrollarse el drama, en una “hazaña narrativa”
como la tildó Rodríguez Monegal.
El día que la maestrita regresó llovía a mares; siguió
lloviendo todo el día siguiente sin mas descanso que
la tregua del crepúsculo “a la hora en que el médico
comenzaba a ver alimañas raras prendidas al
dorso de sus manos”.
Quiroga nos descuelga de golpe el drama. Recuerda
que “el químico Rivet, muerto un año atrás con su litro
de alcohol carburado de lámpara” entre pecho y
espalda, había tenido fantasías (alucinaciones)
visuales. Pero no tenía hijos y el médico sí. La
alucinación del “Dr. Else” fue ver precisamente
una monstruosa rata en lugar de su hija. Dejemos
al narrador que describa el cuadro clínico:
“Lo primero que vio fue un grande, muy grande
ciempiés que daba vueltas por las paredes. Else
quedó sentado con los ojos fijos en aquello, y el
ciempiés se desvaneció. Pero al bajar el hombre la
vista, lo vio ascender arqueado por entre sus rodillas,
con el vientre y las patas hormigueantes vueltas a él,
subiendo, subiendo interminablemente. El médico
tendió las manos delante, y sus dedos apretaron el
vacío. Sonrió pesadamente: ilusión ... nada mas que
ilusión ...
“Alcanzó a oír una dulce voz que decía:
- Papá, estoy un poco descompuesta ... Voy un
momento afuera.
“Else intentó todavía sonreír a una bestia que había
irrumpido de golpe en medio del rancho, lanzando
horribles alaridos, y se incorporó por fin aterrorizado y
jadeante: estaba en poder de la fauna alcohólica.
“Algo como dientes y ojos asesinos de inmensa rata
se detuvo un instante contra el marco, y el médico sin
apartar la vista de ella, cogió un pesado leño: la
bestia, adivinando el peligro, se había ya ocultado.
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