
OBESIDAD Y ENFERMEDADES ASOCIADAS
Eq.Cnel.(M) Rosa Marsicano – Eq.Tte.1º (M) Pedro Rivero Amespil – Eq.S.O.M. (M) Fernando D. Fernández
Desde la década de los ‘80, las consecuencias de
la obesidad en las esferas física y psicológica de la
salud y el bienestar han quedado claramente definidas,
de tal manera que se puede afirmar que la enfermedad
tiene un impacto adverso sustancial en ellos. La
obesidad se asocia a una serie de enfermedades
importantes y como factor de riesgo para otras tantas.
La obesidad contribuye a la enfermedad isquémica
del corazón a través de su fuerte asociación con
factores de riesgo tales como la hipertensión arterial,
las dislipemias y las alteraciones de tolerancia a la
glucosa(1). La American Heart Association a partir de
1998 pasó a considerarla como factor de riesgo mayor
para la cardiopatía isquémica, sustituyendo a la idea de
que se trataba de un factor de riesgo menor para dicho
problema de salud.
La prevalencia de la hipertensión arterial es tres
veces mayor en los obesos; en el grupo etario
comprendido entre los 20 y 44 años, dicha prevalencia
aumenta 5 veces en los obesos en general. En el
Framingham Study y en el Nurse Health Study se
constató que la obesidad es un factor de riesgo
independiente que duplica la mortalidad por
enfermedades cardiovasculares, aumenta la
probabilidad de eventos tales como infartos de
miocardio fatales y no fatales. En lo obesos mórbidos
(índice de masa corporal superior a 40 kgs/m2 de
superficie corporal) es más frecuente la muerte súbita
de origen cardíaco y el cor pulmonale. Los estudios
ecocardiográficos han demostrado hipertrofias
cardíacas en obesos con índices de masa corporal de
35 kgs/m2 y más. Se incrementa el riesgo de trombosis
venosa profunda.
Las consecuencias sobre el metabolismo
hidrocarbonado merecen una nota destacable. El 90%
de los diabéticos pertenecen al tipo II. Entre el 60 y el
80% de este grupo de diabéticos son obesos, incluso,
en los diabéticos tipo II, de peso normal, los estudios
de tomografía axial computarizada han localizado un
aumento anormal de tejido adiposo profundo
intervisceral. La obesidad es por tanto el factor simple
que con más frecuencia se asocia a la diabetes. El
Instituto Nacional para la Salud de los EEUU, en 1986,
concluyó luego de estudiar la asociación causal entre la
obesidad y la diabetes: “todas las personas con historia
familiar de diabetes deben evitar ser obesos”; “todos
los adultos excedidos de peso deben autoconsiderarse
en riesgo de padecer diabetes y chequearse”; “el efecto
de la reducción de peso sobre la diabetes es enorme,
no superado por ninguna droga y es la forma más
racional de tratamiento”; “evitar la obesidad es el único
camino conocido y viable para prevenir la diabetes tipo
II”. La relación específica entre la obesidad y el
desarrollo de diabetes no insulino-dependiente es
complejo: involucra una disminución de la secreción de
insulina, resistencia a los efectos de dicha hormona y
ambos mecanismos conjuntamente. Se asocia a la vez
con una disminución y restricción de los receptores de
insulina, lo que hace que se requiera mayor cantidad
de la hormona para reducir la glucemia. Algunas
personas tienen una fuerte predisposición genética
para desarrollar diabetes no insulino-dependiente; la
obesidad central (exceso de grasa abdominal
intervisceral) incrementa significativamente la
probabilidad de desarrollar este tipo de diabetes
(Ohlson, Larsson, et al. 1985).
En el estudio de Cohortes publicado por Lew y
Garfinkel, 1979 (“American Cancer Society Study”) en
el cual se siguieron 340.000 hombres y 420.000
mujeres durante 13 años se constató incremento en la
tasa de mortalidad específica por tumores malignos, en
obesos fundamentalmente moderados y severos, de
las siguientes localizaciones: vejiga, próstata, colon,
mama, cuello uterino, endometrio y ovario. Las tasas
más elevadas correspondieron a la localización de
endometrio.
Las anomalías metabólicas vinculadas con la
obesidad central son: perfil lipídico aterogénico, niveles
elevados de fibrinógeno sérico, resistencia a la insulina,
intolerancia a la glucosa, hiperuricemia. Las
enfermedades metabólicas y no metabólicas que se
asocian con la grasa central son: diabetes mellitus tipo
II, cardiopatía isquémica, hipertensión arterial,
enfermedades cerebrovasculares, litiasis biliar, gota,
nefrolitiasis por hiperuricemia, apnea obstructiva del
sueño, neoplasma de mama en la mujer post-
menopáusica.
El incremento de riesgos anestésico - quirúrgicos es
evidente en todos los tipos de obesidad; dichos riesgos
se incrementan aún más con la obesidad central.
La mujer obesa muestra incrementados sus riesgos
obstétricos. Existe un significativo aumento de la morbi-
mortalidad materna y perinatal, asociada con la
obesidad global y central. Se ha constatado asimismo
que la obesidad se asocia a prolongación de los
trabajos de parto, mayor frecuencia de cesáreas y de
complicaciones del embarazo tales como toxemia
gravídica. En la esfera ginecológica, se observa
asimismo un incremento de la esterilidad e infertilidad
en la mujer obesa. Esto estaría asociado a un
aumento, por encima de rangos fisiológicos, de los
estrógenos.
La obesidad se asocia a un perfil lipídico
aterogénico, observándose aumentadas notablemente
las VLDL (very low density lipoproteins), los triglicéridos
y se observan disminuidas las HDL (high density
lipoproteins). Este último hecho se ha comprobado que
se explica por una captación de estas moléculas por
parte de las células grasas interviscerales.
Desde el punto de vista respiratorio, el obeso tiene
una mayor predisposición a la hipoventilación
pulmonar, reducción de los volúmenes pulmonares,
disminución de la compliance, disminución de la
eficiencia respiratoria, disturbios en la ventilación-
perfusión, aumento del trabajo mecánico respiratorio
(en las obesidades grado II y III). Como se dijo
aumenta también el riesgo de cor pulmonale.
7