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HISTORIA DE LA MEDICINA
El humor como intención
La sentencia del acápite, a cargo de un experimen-
tado conductor de ambulancia al novato médico
acompañanate (o practicante de medicina) nos in-
troduce al humor médico y al espíritu que animó al
(anónimo) autor de este raro y pequeño libro (1).
El humor derivado del ejercicio médico debe ser tra-
tado con cautela. El sufrimiento no puede ser objeto
de burla ni de mofa. Pero hay circunstancias en la
actividad de los galenos que, sin lesionar su ética,
se prestan de maravillas para la anécdota jocosa. Tal
una jornada completa a bordo de una ambulancia,
como la que relata aquí un ignorado tripulante.
¿Qué es el humor?. El vocablo tiene un origen mé-
dico. La palabra “humor” procede del latín humoris
que signica líquido o humedad. La medicina galéni-
ca (por el médico Galeno de Pérgamo) adoptó para
la salud y la enfermedad el principio griego del equili-
brio de los cuatro líquidos (humores) contenidos en el
cuerpo humano que eran vinculados con cuatro ele-
mentos: sangre/aire; bilis amarilla/fuego; bilis negra/
tierra; ema/agua. La salud o enfermedad dependía
en esa concepción del balance de los líquidos o hu-
mores. Se podía estar de “buen humor” equivalente
al estado de salud (equilibrio de los cuatro líquidos)
o de “mal humor”, es decir, enfermo (desequilibrio de
los cuatro líquidos). De estar de “buen humor” a ser
RESUMEN
Memorias de una ambulancia, un raro y ameno libro,
escrito con total desparpajo, en el cual cada uno de
nosotros, médicos, nos reconocemos. Y en nuestra
intimidad recordamos tantas anécdotas y conden-
cias que no saldrán a luz, de una época que no se re-
petirá, donde todo era más sencillo, casi de entreca-
sa. Vida de estudiante, de leucocito y de practicante
interno vagando por aquellos fríos, poco iluminados
y silenciosos, desiertos pasillos de hospital a la bus-
ca del llamado enigmático de la cama número...
PALABRAS CLAVE: Historia de la Medicina.
ABSTRACT
Memories of an ambulance, a rare and entertaining
book, written with total audacity, in which each one of
us, doctors, recognize ourselves. And in our privacy,
we remember so many anecdotes and condences
that will not come to light, from a time that will not
be repeated, where everything was simpler, almost
homely. The life of a student, a “scrub”and internal
practitioner wandering through those cold, dimly lit
and silent, deserted hospital corridors in search of
the enigmatic call of bed number...
KEY WORDS: Medicine History.
Recibido para evaluación: Octubre 2018
Aceptado para publicación: Octubre 2018
Correspondencia: 21 de setiembre 2713. C.P. 11300. Montevideo, Uruguay. Tel.: (+598) 27101418.
E-mail de contacto: asoiza@adinet.com.uy
El humor en medicina. Parte 1
Memorias de una ambulancia
Humor in medicine. Part 1
Memories of an ambulance
Médico. Miembro y vicepresidente del Instituto Histórico y Geográco del Uruguay.
Miembro de Honor y ex presidente de la Sociedad Uruguaya de Historia de la Medicina.
“La ambulancia es lo más parecido a un soutien.
Levanta todo caído”.
(sentencia de un chófer veterano)
Dr. Augusto Soiza Larrosa
https://doi.org/10.35954/SM2018.37.2.9
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“humorístico” (que podríamos entender como el gra-
do máximo de salud) no hubo más que un paso.
La actividad médica se presta de maravillas para la
sátira y la burla cuando es transitado con dignidad
y ética. No ha estado ausente en nuestros grandes
médicos rioplatenses. Falta sin duda un estudio
amplio de esta vertiente de la cultura médica. A
modo de ejemplo cultivaron esa suerte de literatura
- entre otros - los doctores Florencio Escardó en la
Argentina, e Isidro Mas de Ayala, Rodolfo Tálice y
Juan J. Ravera en Uruguay.
Florencio Escardó
En la Argentina no hay humoristas porque los ar-
gentinos sólo creemos en la trascendencia de lo tras-
cendental. Así como en los Estados Unidos no hay
analfabetos porque los han ascendido a millonarios”.
Florencio Escardó (Ciudad de Mendoza, 1904 –
Buenos Aires, 1992) (gura 1) fue un destacado pe-
diatra argentino egresado en 1929 de la Facultad
de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Su
vida profesional transcurrió en el Hospital de Niños
“Dr. Ricardo Gutiérrez” durante 45 años, donde fue
Jefe de Servicio y Director del establecimiento. Tam-
bién fue Decano de la Facultad de Medicina y lue-
go vicerrector de la Universidad de Buenos Aires.
Presidió la Sociedad Argentina de Escritores y se le
nombró miembro titular de la Academia Porteña del
Lunfardo.
En el rubro “humor” usó el seudónimo: “Piolín de
Macramé” como antes había usado el de “Juan de
Garay”. Como «Piolín de Macramé» comenzó des-
de 1921 a publicar una columna satírica, repleta de
humor e ironía en los diarios Crítica, La Razón y La
Nación titulada “Palabras sin objeto”, luego llamada
“¡Oh!”,Cosas de argentinos” y “Cosas de porteños”.
Hay varias compilaciones editadas de estos artículos.
El médico”, por Florencio Escardó (1957).
El Médico es el profesional que llamamos para que
conrme el diagnóstico que previamente nos hemos
hecho.
Si coincide con nosotros, nos preguntamos por qué lo
hemos llamado; si no coincide, dudamos de su valor.
Si nos receta, pensamos que es mejor que el orga-
nismo se deenda solo. Si no nos receta, pensamos
cómo es que nos va a pasar la enfermedad.
Cuando nos curamos, nos enorgullecemos de nues-
tra naturaleza. Cuando nos empeoramos, maldeci-
mos la torpeza del médico” (2).
Isidro Mas de Ayala
Isidro Mas de Ayala (Montevideo, 1899 - 1960) (gura
2) fue un médico uruguayo egresado de la Facultad
de Medicina de la Universidad de la República y se
especializó en psiquiatría. Fue jefe de clínica psiquiá-
trica en la Facultad, Inspector General de Psicópatas,
profesor de Psiquiatría, director de la Colonia de Asis-
tencia Psiquiátrica “Dr. Bernardo Etchepare” y pre-
sidente de la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay.
Mantuvo una columna humorística titulada “La Torre
del vigía” en el periódico montevideano El Plata que
rmó indistintamente como “Fidel González” o “Zoilo
Camargo”. En “Leer es partir un poco” (1954), con
“Prólogo del Dr. Isidro Mas de Ayala” (sic) recopiló
varias de esas columnas, en particular las referidas
a un viaje que realizó por Europa. Fue editado como
El inimitable Fidel González. Relatos” por el Palacio
del Libro (Montevideo, 1947).
Figura 1. Florencio Escardó (Wikipedia).
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El humor en medicina. Parte 1. Memorias de una ambulancia
Su narrativa y sus crónicas se caracterizan por el
humor, artículos de costumbres y descripciones
paisajistas, que fueron conformando su sólida repu-
tación de hábil y sagaz escritor. Su obra puede ser
consultada en Internet.
La alegría de vivir o el poder de la radiotelefonía”,
por Isidro Mas de Ayala (1960).
Por más que pensamos no podemos darnos cuen-
ta cómo podíamos vivir antes sin la radiotelefonía.
Porque, desde que tan maravilloso invento se ha di-
fundido y ha penetrado en nuestro hogar, no podemos
pasar un instante sin escuchar sus generosas y diver-
sas ondas, a que, a cualquier hora, nos traen la noticia
sensacional, el bolero de moda, el episodio teatral que
sacudirá nuestros nervios, sin contar con los jabones,
aceites, solares y liquidaciones que, entremezclados
con música española, nos harán saber dónde está la
pichincha de nuestra conveniencia o la tienda donde,
casi regalado, encontraremos de todo para el hogar.
Si os quedáis todavía en el hogar, podéis, para vues-
tro placer, escuchar en todas las radios los noticieros
de la hora 9. Niños muertos en la China, inundacio-
nes en el Japón, las estadísticas de accidentes de
tránsito de la última semana, la débil cotización del
peso uruguayo, la baja de precios en Tablada, la ga-
rrapata del ganado, huelgas en la F.I.L.C.U. y en la
A.N.D.A., terremotos en Chile, el atraso en el pago
del presupuesto: son el néctar delicioso que os es-
cancian las diversas radios que se disputan vuestra
oreja para verter en ella la noticia deleitosa que os
hará feliz, Y así con la cara rebosante de alegría, po-
déis lanzaros a la calle a comenzar el día. ¡El mundo
es vuestro!” (3).
Rodolfo Tálice
Rodolfo Vicente Tálice Ruiz (Montevideo, 1899 -1999)
(gura 3) fue un médico, profesor de la Facultad, polí-
tico y escritor uruguayo. Cursó en la Facultad de Me-
dicina de la Universidad de la República, de la cual se
graduó en 1924. Fue el primer parasitólogo académi-
co uruguayo, profesor titular durante treinta años de
esa disciplina. Publicó el primer caso de la enferme-
dad de Chagas en Uruguay. Fue decano de la Facul-
tad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de
la República en dos períodos consecutivos, de 1959
a 1963 y entre 1963 y 1968. Escribió y publicó exten-
samente. Jugó al golf hasta su muerte, ya centenario.
Creó el vocablo “vejentud” para referirse a la edad
provecta como un tesoro de vida. Plenamente opti-
mista dejó páginas escritas de notable humor.
La aguja de la morena (o mejor en la morena)” del
libro “Cuentos, condencias, confesiones” (gura 4),
por Rodolfo Tálice (1969):
La jornada de guardia en el “Servicio de Urgencia”
Figura 2. Isidro Mas de Ayala (Wikipedia). Figura 3. Rodolfo Vicente Tálice Ruiz (El Tranvía 35).
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- sito en una casa de la calle Mercedes - iba transcu-
rriendo sin mayores incidencias.
Sonó la campanilla de una de aquellos ya desapare-
cidos aparatos telefónicos:
- “Un llamado para el “conventillo del Medio Mundo”
anunció la empleada. Alguien se clavó un largo agui-
jón en el cuerpo”.
Era mi turno. En marcha. Minutos después la am-
bulancia se detenía frente al edicio lugar del acci-
dente.
- “Allá, doctor, en el cuarto Nº... a la derecha, casi al
fondo”.
Una vez adentro se me presentó la víctima rodea-
da de familiares compungidos: una morena enorme
y gruesa, semivestida (o mejor, semidesnuda) de
amplias asentaderas, tirada sobre un desvencijado
sofá, acusaba dolores agudos mientras bebía una
tisana calmante.
-“Qué le pasó a la señora?”
- “Doctor, haga el bien, sáquemela pronto, gúrese
que me senté sobre una aguja de tejer (de crochet).
Se me rompió y quedó casi toda adentro, aquí”
Y la matrona señalaba uno de sus opulentos traseros.
Conseguí hacerla incorporar, o más bien, ladear, pe-
nosamente, para efectuar una rápida exploración. El
extremo de la aguja (metálica) parecía efectivamente
tocarse a través de un espeso colchón adiposo, pero
no había ni que pensar en intentar una extracción.
Decidí transportarla hasta el hospital Maciel para
mejor proceder. No fue fácil el traslado de aquella
sufriente cuan voluminosa mole humana.
La morena extendida boca abajo toleró prolongadas
tentativas de recuperación de la aguja. Primera-
mente fueron unidigitales; luego –previa una ligera
ampliación de la herida- bidigitales. Sucesivamente
fueron mixtas (dedos + pinzas), éstas cada vez más
largas. Los quejidos de la paciente incrementaban
en intensidad a medida que el tiempo corría y la agu-
ja se introducía (o la reintroducíamos) más y más en
aquella grasitud, resbaladiza a causa del calor de las
lámparas iluminantes.
Tomamos por n una nueva decisión. Desplazarla
hasta un aparato de rayos X en un Servicio vecino.
La morena, colocada ahora de pie, de espaldas a
nosotros. Entre sus nalgas y la pantalla, interpuestos
dedos y pinzas de unos y otros operadores, empe-
ñados en atrapar la fugitiva extremidad de la aguja
quebrada, varias veces alguien cantó victoria, pero
siempre resultó un falso anuncio.
Súbitamente un grito agudo, estridente resonó en el
cuarto oscuro...
-“¡Aquí, aquí...!”
insistía la pobre morena. Estaba señalando un punto
– no ya de su trasero- sino por delante, en la mis-
ma ingle, donde visiblemente la aguja punteaba en
la piel después de haber atravesado (¿por dónde?)
en sentido antero-posterior los tejidos de aquella to-
lerante criatura.
Salió al n por su punta ganchuda mediante una -
nima incisión.
Conclusión: un dilema a plantear; o el aparato de ra-
xos X era muy malo... o los practicantes no eran muy
buenos” (4).
Figura 4. Portada de Cuentos, condencias, confesio-
nes, por Rodolfo Tálice.
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Juan Jorge Ravera Cametti (gura 5)
Nacido en Montevideo en 1920, se graduó como mé-
dico cirujano en 1949. De ascendencia italiana por
ambas ramas, su bisabuelo vino del Piamonte como
inmigrante en 1862, y se ancó en el pueblo de “Los
Pocitos”, al cual dedicará el bisnieto médico su más
importante memoria publicada. Había un arroyo y a
su vera se cavaban los pozos que manaban agua
limpia para lavar allí la ropa (gura 6). Las lavande-
ras llevaban las entregas al centro de la ciudad en
carros de cuatro ruedas. De ahí el nombre del pue-
blo. La madre de Juan Jorge era maestra y su pa-
dre un modesto industrial fabricante de dulces. Juan
Jorge Ravera nació en Pagola y Chucarro, en la
zona humilde del barrio de Pocitos, el “Pocitos p’aba-
jo” (como le gustaba llamar, en referencia a la calle
Gabriel Pereyra que ejercía una suerte de límite con
el “Pocitos p’arriba”, el distinguido). Fue discípulo del
profesor Juan César Mussio Fournier (fundador y pri-
mer profesor de endocrinología) que lo trató siempre
con el afecto que se prodigaba a los hijos y de quien
fue practicante interno en el hospital Pasteur por dos
rotaciones. Ya médico fue Jefe de Clínica con cargo
en el Servicio de su otro Maestro, el profesor Pablo
Purriel, al que estuvo unido muchos años y donde
ejerció la mayor parte de su actividad docente. Fue
de los primeros médicos que migraron al amante
Hospital de Clínicas cuando se inauguró el 21 de
setiembre de 1953 y quien llevó al primer paciente
que allí se asistió: Radamés Piendibene, sobrino del
famoso futbolista. Así narraba el hecho Ravera:
El reparto, como digo, lo hacía Rada, Radamés
Piendibene, hijo de Carlos Piendibene el pintor, y por
lo tanto sobrino de Domingo y de José “el maestro” [el
futbolista]. Radamés, a quien también llamábamos
“Radicha” era lo más parecido a un santo que pude
haber conocido, mayor que nosotros, tenía una gran
paciencia con toda la chiquilinada, y los domingos
barría y preparaba bien el carro, cepillaba al caba-
llo luego de bañarlo, que quedaba más cuidado que
una persona y nos llevaba por el repecho de Pereyra
hasta la Estación Pocitos, donde estaba el [cine]
Latino [avenida Rivera y la proa que forman Gabriel
Pereyra y Francisco Soca]. No puedo dejar de tribu-
tarle mi homenaje a Rada, un muchacho de poca
salud, portador de una cardiopatía congénita a quien
atendí durante tantos años, y con quien se inauguró
el Hospital de Clínicas en 1953. Yo que fui uno de
los seis primeros médicos del servicio del profesor
Purriel que empezamos a atender y hacer guardias
en el enorme hospital, llevé a mi viejo amigo para
que allí recibiera los mejores cuidados. Si alguien in-
vestiga en el Archivo General de nuestro hospital en-
contrará que el Registro No. 000001 le corresponde
a Radamés Piendibene. Noble y agradecido el viejo
amigo me obsequió una linda volantita para pasear a
mi primogénito el Dr. Jorge Ravera (hijo)”
Fue el médico de la barriada, que tanto lo quería,
donde había nacido y crecido y era el conocido de
todos. Escribió por ello, en su retiro, un libro “Pocitos,
de Pereyra p´abajo”, que describe lo que era la parte
más modesta de este conocido barrio, en los años 30.
Debo reconocer que comencé un poco tarde mi
trayectoria como escritor. Recién después del retiro
profesional me decidí a encarar el género literario...
fue con el libro “Pocitos de Pereyra p’abajo”. Las lin-
das repercusiones de ese trabajo me animaron, me
entusiasmaron y me dieron ganas de seguir escri-
biendo. ¿Entre nosotros? (sonríe con picardía) me
Figura 5. Juan Jorge Ravera Cametti (Wikipedia).
El humor en medicina. Parte 1. Memorias de una ambulancia
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he dado cuenta un poco tarde de que mi vocación
no era la medicina, sino la literatura”.
Murió en Montevideo en 2015, a la edad de 94
años. Siendo el suyo también mi barrio, le conocí y
traté con enorme admiración.
De él se ha dicho que “como escritor sus crónicas
están repletas de humor, zafaduría y nostalgia. Des-
de el minúsculo escenario de su pueblo, los “Pocitos
p’abajo” se extendió su memoria sobre la infancia y
adolescencia, y algunas veces sobre su madurez.
Hizo deslar sin orden alguno, hechos y personajes
cuyo historial despierta simpatía y afecto, sobre todo
en aquellos que conocieron o arañaron ese mundo
de inmigrantes italianos. Hoy, que todo eso ya quedó
atrás, revive en el luminoso y sano optimismo de las
buenas cosas auténticamente vividas”.
Otro caso de sueño profundo”, por Juan Jorge
Ravera (1995).
, como les decía, hay gente que tiene un sueño
inamovible. Para eso... mi señora. Cuando nos ca-
samos, hace 43 años ella se vino desde su barrio
nativo, Agraciada y Buschental para aquí, a Pocitos
de Pereyra p’abajo a la casa grande que me cedie-
ron mis padres para que siguiera sin cambiar el con-
sultorio de lugar, no fuera cosa que con el cambio de
querencia... perdiera los pacientes. Pero mi esposa
con sus 20 años tenía un sueño poderoso, profundo,
imperturbable, inamovible, total. Cuidado con que
me olvidara de llevar llave cuando salía de madru-
gada con algún llamado de urgencia, cosa que me
ocurrió más de una vez. Entonces tocaba timbre una
vez, varias veces, una vez pero prolongadamente,
una vez sin despegar el dedo por diez minutos... y
nada. Entonces me iba al boliche, si lo encontraba
abierto, y meta teléfono, pero nada. Al nal la táctica
era irme a lo de doña Rosa Ponasso, la vecina del
fondo, gente que por suerte, se acostaba muy tarde.
Siempre encontraba luz y llamaba a la puerta:
- Jorge! Es el dotor! Qué te pasa?.
- Perdone doña Rosa, no me deja saltar por el ga-
llinero?
- Sí m’hijito dentrá nomás!
Y así iba yo con la escalera de mano apoyada con-
tra el muro de piedra que separaba los gallineros
linderos, trepaba sintiendo la humedad y el verdín,
que todavía recuerdo, también alguna babosa que
aplastaba con mi mano sin querer, y con mucho
asco me montaba en el borde redondeado para de-
jarme caer del otro lado.
Figura 6. El arroyo de los Pocitos del barrio de Juan J. Ravera (I.M.M. - Centro de Fotografía).
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-¡Gracias doña Rosa!
...y el alboroto de las gallinas provocado por mi caí-
da. Entrar a la casa era otra odisea, totalmente ce-
rrada por los fondos; tenía que romper un vidrio y
luego, forzando el postigo, abrir con la llave que que-
daba puesta por dentro. Me iba a acostar sin hacer
ruido. Mi señora ni se enteraba.
Yo admiro esta capacidad de sueño de mi media na-
ranja, si se levanta de noche no abre los ojos para
no despertarse, vuelve a la horizontalidad y sigue
como si tal cosa” (5).
Las “Memorias de una ambulancia”
Esta publicación puede clasicarse como obra de
humor médico y accesoriamente como memoria o
anecdotario.
El libro tiene curiosidades. Es un volumen de 244
páginas numeradas, pero alertamos que su autor lo
inicia en la 179 y lo naliza en la 323 (?), tamaño en
8vo, impresión rústica, de 110 x 150 mm, con tapas
blandas a un solo color, y que muestra un mal es-
tado de conservación. En su carátula ( gura 7) se
lee: “Biblioteca Ciencia, Cultura y Erudición. Memo-
rias de una Ambulancia por José Pedro Paramino-
bencenosulfonamida y María Rosa Dietilestilbestrol.
Impresora Moderna, Milton Reyes y Cía., Mercedes
1501, Montevideo, 1943”. El sumario divide el texto
en cuatro partes que titula “Entrando en el tema”; “Ti-
pos de llamado”; “Pinceladas y sonatas”; “Tutti fruti y
divertissements”.
Es además rara obra. Tanto que un ejemplar de la
misma en buen estado, encuadernado en medio
cuero, sin fecha, sin editor (con error en el número
de páginas) es ofrecida por Internet en el sitio web
para la comunidad de bibliólos on line, Biblio.com.
¿Biblioteca Ciencia, Cultura y Erudición? (gura 8).
Obviamente, tal “Biblioteca” no existió, sino en la
mente del autor; es una boutade propia de su inten-
ción humorística.
El origen del volumen es tan incierto como su autor;
hemos tenido versiones diferentes: que fue com-
prado en una feria dominical por un estudiante; que
fue encontrado en un anaquel del Departamento de
Historia de la Medicina de la Facultad sin saber su
origen. No consta tiraje y desconocemos si existe al-
gún ejemplar en biblioteca pública o privada. No me
consta crónica publicada sobre esta obra.
Figura 7. Carátula de “Memorias de una Ambulancia”. Figura 8. Portada del libro.
El humor en medicina. Parte 1. Memorias de una ambulancia
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Publicación de la D.N.S.FF.AA.
Tampoco conocemos antecedentes de la publica-
ción. La Impresora Moderna, que fue en realidad un
taller gráco a nombre de Milton Reyes, editó varios
libros en las décadas de los años 30s y 40s sin un
rubro especíco, aunque mayormente del ramo De-
recho y Ciencias Sociales. Fue editor de los juriscon-
sultos y recopiladores del Derecho, Aníbal y Horacio
Abadie-Santos; también de Jorge Peirano Facio y
de José Claudio Williman. Con el nombre de Milton
Reyes al frente de la imprenta, seguía editando li-
bros en la década de los años 60.
¿Los autores?
Su primer autor se identica con el nombre de José
Pedro seguido del seudónimo Paraminobenceno-
sulfonamida. La p-aminobenceno-sulfonamida (que
obraría a modo de apellido) es la sulfanilamida, base
de todas las demás sulfamidas de uso farmacológi-
co. Se desprende del texto que José Pedro escribió
un libro anterior, Amores diabéticos del cual no apor-
ta más datos.
Hay un segundo autor (aunque el texto parece escri-
to por sólo uno), éste femenino, María Rosa, también
con apellido seudónimo, Dietilbestrol, un estrógeno
sintético por vía oral que fue muy indicado como pre-
ventivo del aborto espontáneo y parto prematuro en-
tre 1940 y 1971 en EEUU (en Europa se utilizó has-
ta 1978), pero reconocido carcinógeno genital. Este
estrógeno fue sintetizado en 1938 por Sir Edward
Charles Dodds (1899-1973), un bioquímico inglés,
que lo descubrió de forma accidental. Fue el primer
producto hormonal, sintético, similar a una hormona
natural y efectivo que se pudo administrar por vía
oral. El libro recoge el seudónimo a pocos años de la
introducción del fármaco en medicina.
No hay datos que hagan posible conocer quienes
fueron en realidad los autores, aunque el texto está
redactado en forma unipersonal y éste es un hom-
bre. Al nal del libro se insertó un soneto con dos ini-
ciales al pie: D.P. En la lista alfabética de graduados
en la Facultad de Medicina de Montevideo formada
por el doctor Washington Buño sólo encontramos
tres nombres de médicos que tienen esas iniciales:
Dalmiro Pérez (graduado 30/12/43), Dionisio Pérez
(17/8/49) y Darío Pizzolanti (9/3/46). Pero nada nos
permite identicar con seguridad al autor en alguno
de ellos. Incluso quien escribió la poesía pudiera no
ser el responsable del libro. Es seguro que José Pe-
dro tenía condición de estudiante de medicina o ya
médico, y ejercía como uno de los tres practicantes
masculinos del Servicio de Primeros Auxilios de la
Asistencia Pública Nacional en el año 1933 (no los
había femeninos). De los 15 meses que desempeñó
ese cargo extrajo el anecdotario que dio lugar al libro.
Las ambulancias
La Asistencia Pública Nacional (A.P.N.) surgió de la
Ley de Asistencia Pública de 1910 (Ley Nº 3724 del
10/11/10) en el marco de los cambios sociales del
batllismo que, en el rubro medicina impulsó el doc-
tor José Scoseria. La ley estableció un Consejo y
una Dirección General cuyo primer director fue pre-
cisamente José Scoseria. En 1932 la APN pasó a
depender de un organismo complejo, el Consejo de
Salud Pública en el que se fusionó con el ex - Con-
sejo Nacional de Higiene y el exInstituto Proláctico
de la Sílis (Ley Nº 8766 del 15/9/32). En la fecha en
que ocurre esta memoria del practicantado en am-
bulancia (1933, no el de su edición que es de 1943),
se estaba a las puertas del inminente Ministerio de
Salud Pública en reemplazo de aquel Consejo, crea-
do bajo el gobierno de Gabriel Terra (Ley Nº 9202,
del 12/1/34), que sería dirigido por su primer ministro
el médico Eduardo Blanco Acevedo.
La A.P.N. tuvo un Servicio de Asistencia Externa (en
realidad se llamó Asistencia Pública Nacional de
Urgencia), popularmente conocido como “Primeros
Auxilios”, creado en 1917 siendo director de la A.P.N.
el doctor José Martirené. Contaba con una sala para
consultas y una ota de vehículos ambulancia para
llamados de urgencia (guras 9 y 10).
En 1931 se inauguró el Garaje Central de la APN
de Urgencia (ese fue su nombre original), aún hoy
(en mal estado de preservación) situado en Arenal
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Grande 1693 esquina Paysandú (gura 11). Fue
obra del arquitecto uruguayo Julio Vilamajó, una de
las más austeras de su producción, pero renovado-
ra de la arquitectura vernácula de los años 30s por
su estructura abovedada en hormigón armado. Tal
vez Vilamajó pasó a sustituir al arquitecto ocial de
la A.P.N, que lo fue por muchos años Juan Giuria, ya
que llama la atención que no fuera éste el arquitecto.
Fue de ese garaje que salieron las raudas ambulan-
cias tripuladas por nuestro memorialista, pues fue
practicante-tripulante en 1933, dos años después de
la apertura del garage.
Los practicantes y el Servicio de Urgencia de la
A.P.N.
Rodolfo Tálice ha recordado su pasaje por este Ser-
vicio:
Estudiante de medicina, apenas iniciado el 4º año
de la carrera, mi experiencia galénica – como la de
mis compañeros – tenía que ser reducida. Durante
el primer año de tal internado debíamos – obligada-
mente – desempeñar nuestro cometido en el Servi-
cio de Urgencia. Una guardia semanal de 24 horas
en grupos de tres. Cada vez llamados telefónicos,
diurnos y nocturnos, a toda hora; una rápida orden
escrita del receptor indicando motivo y lugar; y uno
de nosotros subía sin tardanza, con su túnica y gorri-
to blanco, en la vieja ambulancia, junto al conductor.
Rumbo hacia el punto del llamado iba uno meditan-
do sobre el “motivo de aquel ... ¿accidente, crimen,
catástrofe, suicidio?... (6).
El testimonio del doctor Tálice permite conocer que
la rotación como practicante del Servicio de Urgencia
de la A.P.N. estaba incluída en el régimen del llamado
<internado>, “venerable institución de origen francés
que prácticamente nació con nuestra Facultad, aun-
que hay pocos datos sobre los primeros concursos.
Su desempeño total duraba tres años y era rotativo
por semestres. Se conocen los llamados a concurso
publicados en 1900; en ese año se llenaron 18 car-
gos de interno para desempeñar tareas en las distin-
tas dependencias del Hospital de Caridad” (7).
Los recuerdos del practicante en 1933
Las Memorias de una ambulancia son los recuer-
dos, evocados años después en tono jocoso y bur-
lón, de un médico (ya en 1943) de cuando era un
practicante interno del Servicio de Primeros Auxilios
de la Asistencia Pública Nacional (en 1933) y que se
desplazaba por toda la ciudad en una ambulancia
durante las 24 horas de su guardia.
Introdujo una interesante reseña cronológica del de-
sarrollo del Servicio de Urgencia o Primeros Auxilios
de la A.P.N.
Figura 10. Ambulancia de la A.P.N. (cortesía de la Dra.
Sandra Burgues).
Figura 9. Ambulancia de la A.P.N., Protección a la Prime-
ra Infancia (cortesía de la Dra. Sandra Burgues).
El humor en medicina. Parte 1. Memorias de una ambulancia
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Publicación de la D.N.S.FF.AA.
Retrotrajo el inicio del primer Servicio al año 1913.
Pero de acuerdo al minucioso trabajo del doctor José
María Ferrari, fue en 1917 que la A.P.N. “completó
la red de Policlínicas zonales de Montevideo, des-
centralizando la atención a las poblaciones de los
distintos barrios de la ya extensa capital . . . Se com-
plementó con la creación del Servicio de Asistencia
Externa con la cobertura las 24 horas. Que represen-
tó un adelanto no solo para la población, una fuente
de trabajo para médicos, personal auxiliar y adminis-
trativo, iniciando muchos brillantes carreras profesio-
nales y docentes” (8). El inicio fue con dos ambulan-
cias, dos practicantes, un auto médico, telefonista y
un cuerpo de varios médicos y ocho enfermeros.
En 1919 cita el bautismo de sangre del Servicio de
Primeros Auxilios por la huelga del personal de los
tranvías montevideanos, con trincheras y disparos
de armas de fuego. En realidad la huelga fue más
dramática:
El temor a que los acontecimientos de Buenos Aires
[la”semana trágica” desde el 3 de enero de 1919]
se extendieran a Uruguay provocó que el gobierno
tomara medidas preventivas. Cuatro regimientos se
trasladaron desde El Cerrillo hasta zonas cercanas a
la Capital, y la policía requisó las armas de las com-
praventas y toda la pólvora de las canteras. El des-
pliegue de fuerzas policiales impidió la realización
de reuniones de la Federación Obrera Regional Uru-
guaya, cuyos delegados fueron además agredidos
y detenidos por esas fuerzas. (El País, Montevideo,
11 y 12 de enero de 1919, p. 1). En Montevideo, las
sedes de distintas instituciones judías fueron allana-
das, y el barrio del Cerro -poblado mayoritariamente
por inmigrantes- fue ocupado militarmente. Un alto
porcentaje de la población judía de Montevideo es-
tuvo bajo arresto en algún momento y un número
considerable de obreros israelitas fueron deporta-
dos” (9).
En 1922 ¡se hizo justicia!: le sacaron la cama al te-
lefonista que dormía plácidamente “solamente seis
horas a la noche” (sic).
En 1926 hubo un aumento notable de los heridos
provenientes de las canchas de fútbol, que orecie-
ron como hongos a raíz del campeonato mundial de
1925.
Y en 1933, año de su rotación del internado, “inva-
dieron” el Servicio los “bárbaros” (se reere a los
practicantes).
Figura 11. Garage Central de la A.P.N. (Julio Vilamajó, 1931).
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Los llamados
En las 24 horas de su guardia, nuestro anónimo
autor clasicó los llamados con la particularidad de
ajustarlos a un calendario semanal.
Así, los llamados del sábado a la noche los calicó
como médico/alcohólico/policíacos; los domingos,
médico/policíaco/futbólicos; los lunes, accidentes de
tráco y laborales.
A su vez, durante la jornada construyó un calendario
horario: 11 y media, atropellados en la vía pública;
12 y media, los nenes quemados por el agua hirvien-
do del puchero; a las 15, llamados del conventillo; 17
y media, ataquecitos en ocinas públicas y tiendas;
19 y cuarto, los envenenamientos “engaña-pichan-
ga”; a las 22, beodos, grescas, heridas, boliches y
cafetines. El beodo (borracho) dice provenir del latín
beo dos (seguramente por la diplopía); a las 9 de
la mañana (del día siguiente) el accidente del taller;
a las 11 y media se cierra el ciclo (de su guardia) y
vuelve a repetirse.
Recuerda así su primer llamado (en verso):
Suena estridente campana / en el garaje. Estremez-
co / Otra campana se hermana / y al partir suena con
ganas / en el carruaje dantesco / Parte veloz la am-
bulancia / y un practicante enervante va luciendo la
arrogancia / que da la estirpe rancia / de practicante
amante / Un herido. Muchedumbres / me aguarda-
rán/ Yo con magia bajaré / y desde la cumbre / de
mi ciencia daré lumbre / Y... parará la hemorragia
[...] Llego al lugar de los tajos / Bajo veloz la cami-
lla.../...../ Y apunto muy cabizbajo / en la hojilla de
trabajo / “Erosiones de rodilla”. Fechado el 4/3/1933.
Cuando pasa a desarrollar la etiología de los llama-
dos que le tocó asistir:
a) ataques ocurridos en plena vía pública: etílicos,
histéricos y epilépticos,
b) intoxicados (falsos, qué son los más frecuente;
a veces reales) con un ejemplo (también en verso):
“Por aquí Don (un pariente) / Le dí aceite (un enten-
dido) / Una silla? (un comedido) / ¡Mi estómago! (la
paciente) / Yo ¿pero qué le ha pasado? / La madre
“Di por favor”! / La hija “Es que Doctor / sin querer
me he intoxicado”. La verdadera historia del llama-
do a continuación, fue: “parece” que estaba mal de
los bronquios (sic), fue al médico quien le recetó un
jarabe y “formol para lo otro en un litro de agua”. “Lo
otro” era un embarazo no deseado, pero luego vino
la fatal equivocación; se irrigó con el jarabe y se be-
bió el formol,
c) hemorragia uterina, un llamado que se incremen-
tó dos a tres meses después del carnaval, porque
(nuevamente en verso): “Ved mortales el nal / de
una orgiástica noctámbula / Que se corrió una so-
námbula / un martes de carnaval / Ved lo que el hada
destina / al idilio pastoral / Iniciado en carnaval / por
Pierrot y Colombina” (la metrorragia estaba cantado:
embarazo en carnaval; aborto provocado después),
d) llamados de conventillo,
e) los quemados,
f) el llamado de recién casados (¿la hemorragia post
desoración?),
g) el llamado sorpresa, especie de rarezas como el
“mordido una por serpiente” que era en realidad el
llamado de un loco (además armado),
h) los asxiados, electrocutados, ahorcados, por es-
cape de gases (¿monóxido de carbono?) y ahogados,
i) llamado desde las canchas de fútbol, cuando se
termina la esta futbolera los hinchas se dividen en
dos grupos, el mayoritario, con los destinados al
hospital y a la comisaría por revoltosos; el minori-
tario, con los trasladados a la morgue (y al domicilio
sus deudos),
j) el llamado espectacular, una muchedumbre alre-
dedor del tísico que escupe sangre “hasta por los
cuatro botones del saco”,
k) el llamado rojo, obviamente hemorragias varias,
l) la insuciencia domiciliaria, enfermedad que reco-
noce como muy frecuente y aún no descripta en los
tratados corrientes; es el paciente que, revisado de
arriba-abajo se encuentra ¡NADA!,
ll) el llamado de las 6 y cinco, cuando el practicante
que atiende hasta las 6 intenta irse a dormir, pero el
que entra desde las seis, no se despierta ¿quién se
encarga?,
El humor en medicina. Parte 1. Memorias de una ambulancia
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Publicación de la D.N.S.FF.AA.
m) el llamado de arena gruesa, una mordida de pe-
rro, la chispa en el ojo del soldador; la espina en la
garganta del comensal, el botón en la nariz del nene;
la aguja de la costurera en la mano, una hemorra-
gia dentaria imprevista, una arveja en el oído de otro
nene, un hueso de pollo atascado de otro comensal.
Se termina la rotación como practicante y...
Luego de un ilustrativo y curioso “Diccionario médi-
co popular” (guras 12 y 13) viene su despedida del
cargo (bajo forma de un soneto) (gura 14):
Al son de ambulanciales campanillas / se retiran
los viejos practicantes / Se van los sumariados ato-
rrantes / con su fama de chinches y polillas / Mas
no será por mucho tiempo acaso / que podrán des-
cansar tranquilamente / Pues a secarte vendremos
nuevamente / cada uno gurando en este caso / En
el cuadro de “Médico Suplente”. (rmado) D.P.
Figura 12. Primera página del Diccionario Médico Popu-
lar para el practicante novicio.
Figura 13. Páginas 318 y 319 del Diccionario Médico Popular.
Figura 14. Poema de despedida
de “Memorias de una ambulancia”
rmado por D.P.
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REFERENCIAS
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Paraminobencenosulfonamida y María Rosa
Dietilbestrol. Impresora Moderna, Milton Reyes
y Cía., Montevideo, 1943. 244 págs. [Biblioteca
Ciencia, Cultura y Erudición].
(2) Pinedo J. Piolín de Macramé. ¡OH! escogidos
de sus primeros 50 años. Periódico Página 12,
Buenos Aires, edición del Domingo, 10 de febrero
de 2002. Disponible en: https://www.pagina12.com.
ar/diario/suplementos/libros/10-30-2002-02-10.
html [Consulta 01/09/2018].
(3) Mas de Ayala I. Montevideo y su Cerro. Montevideo:
Talleres Grácos, 1960, pág. 148.
(4) Tálice R. Cuentos, condencias, confesiones.
Prólogo de Francisco Espínola. Montevideo: Arca
Editorial, 1969 (Colección Sésamo), pág. 20.
(5) Ravera JJ. Pocitos de Pereyra p’abajo. 1ª edición,
Montevideo: Libros del Astillero, 1995, pág. 91.
(6) Tálice R. Mis recuerdos y algo más. Publicación
independiente del barrio Pocitos y Punta Carretas
(sic). El Tranvía 35, Montevideo 2015; 23(257):10.
(7) Rizzi Castro M. Historia de la enseñanza de la
otorrinolaringología en el Uruguay.
Rev Med Uruguay 2000; 16:174-192.
(8) Ferrari JM. A cien años de la Ley de Asistencia
Pública Nacional (1910-2010). Disponible en:
https://www.smu.org.uy/dpmc/hmed/historia/
articulos/100apn.pdf [Consulta 04/09/2018].
(9) Lvovich D. La Semana Trágica en clave
transnacional. Inuencias, repercusiones y
circulaciones entre Argentina, Brasil, Chile y Uruguay,
1918-1919. Disponible en: http://cienciassociales.
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La-Semana-Tragica-en-clave-transnacional.-
Argentina-Brasil-Chile-y-Uruguay-1918-1919.pdf
[Consulta 04/09/2018].
El humor en medicina. Parte 1. Memorias de una ambulancia